Editorial. —Hay países que construyen su futuro sobre el trabajo, la productividad y la planificación. Y hay otros que, como si fueran jugadores compulsivos sentados frente a una mesa de apuestas, viven convencidos de que el próximo préstamo resolverá los problemas que el préstamo anterior no pudo solucionar.
La República Dominicana parece caminar peligrosamente por esa segunda ruta.
Ochenta mil millones de dólares de deuda no son simplemente una cifra. Son una fotografía de nuestras prioridades colectivas. Son el reflejo de un Estado que cada año recauda más, gasta más, se endeuda más y, sin embargo, sigue enfrentando las mismas carencias de siempre. Es la paradoja de un país que exhibe crecimiento económico en los informes internacionales mientras millones de ciudadanos continúan esperando soluciones elementales en sus comunidades.
La deuda se ha convertido en la gran aristócrata nacional. Antes de construir una escuela, ella cobra. Antes de reparar un hospital, ella cobra. Antes de mejorar la seguridad, el transporte o el agua potable, ella cobra. Es una señora elegante, silenciosa y poderosa que cada año se sienta a la cabecera de la mesa presupuestaria y reclama su parte. Y el Estado obedece.
Mientras tanto, el ciudadano común contempla el espectáculo desde la grada. Sale a trabajar antes de que salga el sol, paga impuestos cuando consume, cuando produce y cuando sobrevive. Escucha discursos sobre modernidad, desarrollo y transformación digital. Ve inauguraciones, fotografías, promesas y campañas publicitarias. Pero cuando regresa a casa sigue encontrando apagones, hospitales congestionados, escuelas con necesidades y calles que parecen haber sido olvidadas por el progreso.
Lo más irónico es que nos hemos acostumbrado a esta realidad. La deuda ya no escandaliza. Ochenta mil millones de dólares se anuncian con la misma tranquilidad con que se informa el estado del tiempo. Como si fuera normal que una nación destine cerca de una cuarta parte de sus ingresos únicamente a pagar intereses. Como si fuera lógico trabajar durante meses para enriquecer acreedores mientras las necesidades básicas continúan acumulándose en la fila de espera.
Y entonces aparece el sector eléctrico, ese personaje inmortal de la tragicomedia dominicana. Un barril sin fondo que consume miles de millones de dólares mientras promete, año tras año, que ahora sí está cerca la solución definitiva. Cambian los gobiernos, cambian los funcionarios, cambian los discursos, pero las pérdidas permanecen. Son tan constantes que parecen formar parte del paisaje nacional, como las montañas o el mar Caribe.
Lo verdaderamente preocupante no es la deuda. Lo verdaderamente preocupante es la cultura que la produce. La costumbre de posponer reformas difíciles. La tendencia a financiar problemas en lugar de resolverlos. La peligrosa ilusión de que siempre habrá alguien dispuesto a prestar más dinero para tapar las grietas que nosotros mismos nos negamos a reparar.
Porque las deudas no son eternas. Lo que sí son eternas son sus consecuencias cuando se administran mal.
Cada peso destinado a intereses es una oportunidad perdida. Es un aula que no se construye. Es un medicamento que no llega. Es una carretera que se deteriora. Es un joven que emigra buscando oportunidades que su propio país no pudo ofrecerle.
La verdadera tragedia no está en los balances financieros ni en los indicadores macroeconómicos. Está en la distancia cada vez mayor entre las estadísticas triunfalistas y la realidad cotidiana de la gente. Está en ese ciudadano que escucha hablar de miles de millones mientras calcula si el salario le alcanzará para terminar el mes.
Quizás el mayor éxito de la deuda ha sido volverse invisible. Se ha infiltrado tanto en la vida nacional que ya casi nadie la cuestiona. Pero sigue ahí, creciendo silenciosamente, como una sombra que se alarga detrás de cada presupuesto.
Y cuando la historia juzgue esta época, probablemente no preguntará cuánto dinero tomamos prestado. Preguntará qué hicimos con él. Preguntará por qué un país que crecía siguió endeudándose más rápido de lo que prosperaba. Preguntará por qué la riqueza prometida tardó tanto en llegar a quienes más la necesitaban.
Y quizás, para entonces, descubramos que la deuda más grande nunca fue la financiera.
Fue la deuda social acumulada con un pueblo que durante décadas escuchó promesas de desarrollo mientras seguía esperando que ese desarrollo tocara finalmente la puerta de su casa.






